Título: Eterna misión
Disclaimer: Esta historia está basada en personajes y lugares creados por JK Rowling, y pertenecientes a ella. Ningún dinero se ha ganado con esta historia, y no se intenta violar copyrights. Tal personaje me pertenece, al igual que la historia aquí desarrollada.
Tipo: General.
Personajes: Rabastan Lestrange.
Cantidad de Palabras: 1410
Comentarios del autor: Sí, revivo a Rabastan para esto, ¿cuál hay? Ah, y perdón por la falta de coherencia y errores de ortografía.
Inhaló profundamente, arrugando la nariz con asco al notar la similitud. Después de catorce años en una diminuta celda en Azkaban, le resultaba repugnante que su hogar de la infancia, antes tan pulcro y refinado, estuviera invadido por el olor a musgo y agua salada del abandono. Barro bajo sus botas, barro que traía de su escape y barro que los pisos de lo que solía ser su mansión había acumulado durante tantos años, que marcó sus pasos hasta el hall donde se encontraba la escalinata que daba entrada al segundo piso.
Miró a su alrededor tratando de recordar cómo había sido su vida en ese entonces, tratando de notar qué retratos faltaban y descifrar a qué vasijas pertenecían los pedazos desparramados en el barro. Ya no podía recordarlo. Los dementores podían encargarse de succionar la felicidad de los presos de Azkaban, pero ¿qué le iban a sacar a Rabastan Lestrange? Cada momento de felicidad que había tenido en su vida había sido efímero, y tan pronto como sentía esa euforia complaciente descubría que traía consigo mucha más amargura.
Pero se suponía que ahora era libre, ¿verdad? Ya no tenía las frías paredes de Azkaban a sus costados. Eso era la libertad, estar fuera de Azkaban, aunque no tenía opciones. Seguía siendo un Death Eater, y ahora que estaba libre tenía que continuar con su tarea, como si alguien hubiera puesto en pausa su existencia durante catorce años. Siempre había imaginado que para cuando tuviera treinta y cinco años, ya tendría su vida resuelta, que de alguna manera sería feliz. Habría pulido todos los detalles de su vida y ya no tendría que preocuparse por nada. Pero ahí estaba, sucio y demacrado, parado sobre tres centímetros de barro en la que había sido su casa alguna vez, esperando que Rodolphus y Bellatrix volvieran por él para continuar con su misión.
Su misión.
"Me cago en mi misión" susurró.
Subió lentamente las escaleras, notando que ya no recordaba cuál era su habitación. Catorce años. Caminó hacia la derecha, sin pensarlo, dejándose llevar por sus piernas cansadas hasta la segunda puerta. Sí, esa debía ser su habitación. Con el paso del tiempo, ahora su habitación realmente parecía parte de la casa: vieja, sucia, desordenada. La caída de los Lestrange había golpeado duramente el ego de Rodolphus, pero a Rabastan nunca le había importado. De haber sido así, quizás nunca le hubiera hablado a Barty Crouch Jr.
Se sentó en la cama mugrienta, el colchón podrido y húmedo, y recordó a Barty Crouch Jr. Recordó a Arty Rouch. Recordó lo que le hicieron a William Pilkington, cuando le orinaron la cama y le quemaron el baúl, cuando lo culparon del abuso de Rebecca Livenworth y lo hicieron desaparecer. Recordó charlas que ahora parecían infantiles e irrelevantes, pero que en su momento habían significado mucho para él. Recordó cuando estuvo brevemente junto a su celda y su voz a través de las piedras que formaban la pared que los separaban. También recordó cuando se llevaron su cuerpo, y aunque no fuera él, sintió una punzada en el estómago. Cuando le llegó la información de que Barty realmente había muerto en todos los sentidos que importaban, no recordaba haber sentido nada. Quizás porque no lo creyó, o porque no podía aceptarlo, o porque tal vez ya no le importaba.
Tampoco le importaba ya Tracy Wayman. Trace. Ella había sido parte de su adolescencia, y aunque ésta había sido la única etapa de su vida que podía asegurar que había vivido plenamente, ya no importaba en lo absoluto. Fue bueno mientras duró, y ahora no recordaba ningún momento con ella. Recordaba que salía en conversaciones con Barty, pero ahoran no recordaba su rostro ni su voz. Su nombre era el recuerdo de una época. Tal vez ella aún estaba viva. Tal vez Trace aún estaba bien. Ojalá ya no recordase a Rabastan Lestrange.
Se puso de pie y caminó por encima de los libros deshechos, aplastando con el talón el cráneo de un animal pequeño, que bien podría ser de gato. No se detuvo, no pensó, solamente se acercó a lo que había sido alguna vez su escritorio y sacó los cajones, dejándolos caer al piso. Cartas sin abrir, fotografías amarillentas y deformadas, un collar roto. Rabastan se puso de cuclillas y usó uno de los sobres para mover el collar, y pensó en Kitty Heartshape. No pensó en sus besos o en lo suave que siempre estaba su piel, pero pensó en ella cuando la veía pasar por el pasillo y cuando se sentaba en la mesa de Slytherin lo suficientemente cerca como para que él la notara cuando se estiraba sobre la mesa para alcanzar la jarra de jugo de calabaza. Pensó si ella estaba tan sola como él lo estaba, y sacudió la cabeza para alejar el pensamiento ridículo. Trató de no preguntarse si ella lo había visto a Barty antes de morir, si Kitty sabía que él estaba libre ahora y que no le hubiera molestado verla pasar una vez más con esa sonrisa tentadora para desaparecer nuevamente en su memoria.
El sobre cerrado que había usado para mover el collar era una de las muchas cartas que jamás le había enviado a Rebecca Livenworth. No podía recordar qué cosas le había escrito, pero no quería abrir la carta. No estaba dirigida a él, y quien la había escrito llevaba su nombre, pero definitivamente no era la misma persona. Jamás se había casado con Rebecca Livenworth. Quiso pensar en ella pero no tenía ningún momento bonito para traer a su memoria. Quiso creer que habían sido felices alguna vez, por más improbable que fuera. Era doloroso darse cuenta que no tenía ningún momento para revivir con una sonrisa, porque todos terminaban mal. No había instante de su vida que no terminara en amargura y frustración. Se enfocó en el detalle más estúpido y trató de formar una sonrisa que no sintió cuando vio que Rabastan Lestrange subrayaba las iniciales de ambos, porque encontraba significativo que las compartieran.
Se incorporó y volvió sobre sus pasos, volviendo a sentir el suave crujido de los huesos bajo su bota. Kitten. Continuó caminando, tratando de no recordar a su mascota, a ese animalito que tanto había querido cuando no tenía a nadie más por quién sentir algo. Estaba corriendo cuando llegó a las escaleras, y aunque tenía las piernas cansadas y los músculos adoloridos bajó a toda velocidad, escapando de su propio pensamiento. Pero no podía, porque recordó a Houston y el ronroneo de Houston pensó en Queenie McRiller, recordó que decía tratar de salvar su alma, alma que no tenía y que quizás no merecía ser salvada. Se arrepintió de haber vuelto a su casa. Dejó de correr, sintió el barro deslizándose hacia el interior de sus huellas frescas y hasta podía sentir la madera de los muebles crujiendo, el papel rasgándose, la porcelana rompiéndose.
Sintió que sus piernas ya no podían sostener su peso y cayó de rodillas, llevándose las manos a la cara con el horror de la vida que pensó que no había tenido. Se sentó en el piso mugriento de su casa y se hundió las yemas de los dedos en los párpados, como si quisiera empujar hacia afuera todos los recuerdos que habían entrado al volver a lo que fue alguna vez su hogar. Bajó las manos y echó la cabeza hacia atrás abriendo los ojos. Abrió la boca e inhaló profundamente, aunque el olor de su barba descuidada y sucia lo repugnó.
Regulus Black había sido su único amigo real durante su infancia. No había sido como él, pero después de todo, nadie era como él, aunque Rabastan había jurado toda su adolescencia que tenía más cosas en común con Barty que con Regulus. Había muerto como un traidor. Había muerto como un héroe. Y lo detestó por no llevarlo con él, por no obligarlo a abrir los ojos y morir antes de que tuviera que morir día a día, hasta que alguien tuviera la decencia de acabar con su vida por él. Sentía el ardor en los ojos que anunciarían lágrimas, pero se dio cuenta que era la marca en su antebrazo izquierdo el que le producía ese dolor físico, ese dolor real.
Se levantó y caminó hasta la chimenea, sacando un puñado de polvos floo del bolsillo de la chaqueta. Quizás esta vez tendría suerte y alguien le haría el favor de acabar con su eterna misión.





